Son sociables.
Son inteligentes.
Pueden reconocer hasta 100 rostros.
Como los perros, las gallinas aprenden su nombre y responden cuando las llaman.
Se comunican con sus bebés antes de que salgan del cascarón.
Sienten emociones como alegría, soledad, frustración, miedo y dolor.

Desde el día en que rompen el cascarón hasta cuando son asesinadas violentamente, la corta vida de las gallinas explotadas para poner huevos está rodeada de miseria y privaciones. 

La industria de la carne de ave, todos los días “descarta” a miles de pollitos de raza de engorda por no cumplir con sus requerimientos, al mismo tiempo, la industria de los huevos, hace lo mismo con los machos de las razas utilizadas para gallinas ponedoras.

Esto sin contar los que mueren día a día en los sistemas de crianza industrial tanto de huevos como de carne, los que mueren pisados o aplastados por los mismos trabajadores, o los que mueren por las fracturas que se les producen al subirlos al camión que va al matadero.

En la mayoría de las granjas industriales de huevo, las gallinas son forzadas a vivir en jaulas de alambre, carentes de estímulos. Estas jaulas se apilan en filas en enormes cobertizos sin ventanas, con un área que puede equivaler a la de dos estadios de fútbol. Cada ave pasa toda su vida en un espacio menor que el tamaño de una hoja de papel. En este extremo confinamiento, estos pobres animales ni siquiera pueden extender las alas ni mucho menos moverse sin pisar otras gallinas o subirse sobre ellas.

Las gallinas son de los animales más maltratados del mundo, y la única razón por la que esta industria tan cruel sigue existiendo, es porque aún la mayoría de las personas no saben todas la huellas de crueldad y muerte que hay detrás de los huevos y la carne.

La mejor manera de ayudar a detener esta crueldad es dejando a los animales fuera de nuestro plato.

[Fuente: Mercy for Animals]