La preocupación por los animales no humanos es una constante
desde hace mucho tiempo.

Sin embargo, la visión se encuentra fragmentada entre la
conservación de especies, el proteccionismo y el “tratamiento
humanitario” de las víctimas a las que se les reconoce sensibilidad,
pero se les asigna un valor instrumental.

Como humanidad hemos logrado poco. Se sigue educando para
incluir a los animales no humano en filas cosificadas bajo rótulos
como “consumo, “laboratorio”, “diversión”. Percibimos como
“normal”, la idea del consumo de los seres no humanos, su uso
para actividades lucrativas en las que son esclavizados, dominados
y quebrada su integridad psicofísica.

Atrocidades, sufrimiento y matanzas institucionalizados son la regla.
Es imposible ocultar la violencia, a pesar de los patéticos intentos
de negarla, disfrazarla, ignorarla. Billones de seres son puestos al
servicio de una maquinaria infernal que origina dolor en grado
extremo. Evaluados como seres “inferiores” y considerados
jurídicamente como cosas, les negamos los derechos básicos que
reclamaría su condición de seres sintientes. Son traídos al mundo
para el único fin de ser convertidos en mercaderías.
Son “recursos” para fines de explotación.

Algunas organizaciones invierten millones de dólares en campañas
destinadas a mejorar las condiciones de explotación, propiciando
incluso el “poner a dormir” a los “mejores amigos”, cuando no tienen
la suerte de tener un hogar que los albergue. Un claro ejemplo de
pérdida de rumbo de lo que significa tomar en serio la orientación
de los derechos de los animales.

El veganismo se difundió como una opción para quien quisiera
modificar sus hábitos, representado en los medios de comunicación
con posturas “extremas” o como una variante del vegetarianismo.
Una campaña de difamación más, junto con la asignación de una
increíble cantidad de recursos económicos que aspiran a obtener
acuerdos privados con empresas y leyes de “bienestar” animal.

Se promocionan como “victorias”, cuando no son más que la
regulación y legitimación del uso de los animales y el control de sus
vidas y muertes.

El consenso entre la industria y los legisladores permite la
elaboración de leyes que atentan no sólo contra los animales y la
biodiversidad. No legislan para los derechos animales porque no
creen en ellos.

Las personas poseen a las cosas, dentro del régimen de la
propiedad privada o pública. Si realmente queremos que los no
humanos entren por completo dentro del círculo de nuestras
consideraciones éticas, deberíamos comenzar por reconocerles el
derecho de no ser objetos de explotación.

Un primer paso es la disolución individual y social del especismo:
Tratamiento igualitario a todos los seres sintientes ya que esta
condición de sensibilidad nos iguala.

Mientras se los siga criando para vender sus cuerpos (o sus partes)
las estructuras de opresión que los registran como mercancías
arrojarán a la deriva cualquier intento de transformación necesaria
para el cambio social.

¿Podemos reconocer la sensibilidad y conciencia del cercano y
querido perro o del querido gato mientras cerramos los ojos al
holocausto de seres semejantes que incluye también a miembros
de esas especies?

¿Cómo visibilizar con coherencia el respeto por unos, sin reclamar
lo mismo para otros que son sus iguales? ¿Cuál sería el punto en
común que debería unir a todos los defensores de los animales y a
quienes se preocupan por no causar daños a otros seres, para
acabar con la actual condición de cosas?

La desaprobación inequívoca de la esclavitud animal, a través del
boicot a los productos y a las actividades donde se asienta, como
por medio de la organización del activismo pacifico.
Los derechos animales desafían el oficial de estado de cosas, tanto
como los antiesclavistas lo hacían en épocas en que la esclavitud
humana estaba legalizada y avalada moralmente por la sociedad.

El veganismo, conforma ese punto común capaz de llevar a la vida
diaria el enfoque de los derechos de los animales.

Respetar a los otros animales es una revolución social que triunfará cuando la
esclavitud imperante sea derrocada en los corazones de la mayoría.

El movimiento por los derechos animales se vincula así con otras
causas de igualdad y justicia sociales. No es un “estilo de vida”
mediado por el “consumo sin productos animales”.

De todas las ficciones con que la humanidad se ha permitido auto
engañarse, ninguna es tan vana como la creencia en que el
“instinto” de los animales es totalmente diferente de la “razón” de los
humanos, y que las especies inferiores son autómatas tontas y
carentes de alma, separadas de los humanos por un abismo
profundo e insalvable

Henry S. Salt