“La crisis actual es una llamada de advertencia sin precedentes.
Los gases de efecto invernadero, al igual que los virus, no respetan las fronteras nacionales”.

António Guterres, secretario general de la Organización de las Naciones Unidas.

Este 22 de abril encuentra a la humanidad en un momento de profunda revolución, enfrentándose a
una pandemia que amenaza nuestra salud y nos obliga a repensar de manera la relación que establecimos con el planeta en la búsqueda frenética de progreso.

En el camino, se perdió de vista que la idea de progreso no puede ser exclusivamente económica y que la Tierra no es una fuente ilimitada de materia prima. Se trata de un organismo vivo que respira
y se sirve de ciclos naturales para sobrevivir, nutrirse y evolucionar.

Para ello necesita que el estrecho y delicado sistema de interrelaciones de sus agentes funcione en un equilibrio sano ayudando la regeneración frente a la degradación. De este equilibrio depende la
vida de la Tierra, los seres vivos que la habitan y ecosistemas que la componen.

Desde hace unos doscientos años el ciclo padece una enfermedad terminal que lleva al límite su capacidad de recuperación: La gravedad de los síntomas se encuentra a la vista de todos.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) califica el brote del Covid-19 como “una pandemia sanitaria mundial con una fuerte relación con la salud de nuestro ecosistema”, incluyendo a la enfermedad en la más reciente entrada de la larga lista de indicadores que alertan sobre la urgencia
de cambiar nuestros hábitos de vida.

A casi cuatro meses de la detección del virus, con más de 163 mil los muertos en el mundo y 2 millones los infectados (personas que lo padecen o han vencido a enfermedad).

Otra enfermedad silenciosa pero igual de letal que se cobra 7 millones de vidas por año en el mundo y cerca de 15 mil en la Argentina es la contaminación del aire.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el 90% de la población mundial respira aire contaminado afectando los pulmones, el corazón y el cerebro. Con cada inspiración, nuestro
organismo recibe partículas de arsénico, nitratos, sulfatos, cenizas, hollín y polvo, intoxicando la sangre y deteriorando la salud.

Los principales factores de contaminación ambiental se encuentran encabezados por la quema de combustibles para la generación de energía, seguidos de emisiones producidas por las técnicas agrícola-ganaderas, las industrias y las del tráfico.

La quema de desechos, la deforestación y el uso ineficiente de energía en los hogares completan la lista.
El indicador de referencia que se utiliza en el mundo para calcular el estado del aire es el nivel de concentración que existe de unas micropartículas denominadas PM 2.5.

Los esfuerzos de los organismos y Estados comprometidos con la causa medioambiental están dirigidos a reducir estas concentraciones a un mínimo tolerable por la Tierra, permitiendo la regeneración de su ciclo, así
como un aire menos tóxico para los humanos.

Estas micropartículas penetran profundamente en los pulmones, activando de inmediato las células de defensa, a la vez que afectan los vasos sanguíneos, provocando daños en la presión arterial.

La OMS estima que los daños a la salud de la contaminación ambiental son la causa de:
-7% de las muertes por cáncer de pulmón,
-19% de las muertes por enfermedad pulmonar obstructiva crónica,
-20% de las muertes por accidentes cerebrovasculares,
-el 34% de las muertes por cardiopatías isquémicas,
-el 21% de las muertes por neumonía.

Todas estas enfermedades no transmisibles encabezan, al mismo tiempo, las principales causas de
muerte humanas.
Se coloca como grupo de riesgo las personas con enfermedades previas e inmunosuprimidas, los
menores de 5 años y adultos mayores de 50 años.

Un dato preocupante es que la mitad de las muertes infantiles por infecciones agudas de las vías respiratorias inferiores se deben a la inhalación de partículas producidas por el uso de combustibles sólidos.

Actualmente la base de datos sobre la calidad del aire de la OMS cuenta con la participación de más de 4300 ciudades en 108 países del mundo. El monitoreo permanente es clave para delinear las políticas de cambio y registrar su efectividad.

En los últimos años, los niveles de contaminación permanecen elevados en valores más o menos estables y, aunque se registraron disminuciones de las concentraciones en algunas partes de Europa y América, persiste un rango extremadamente peligroso para el futuro inmediato de la Tierra.

La capacidad de cambiar está en manos de todos: las personas en sus elecciones cotidianas, el modo de producción elegido por las empresas, líderes y representantes de los países del mundo.

A cada uno le cabe un rol distinto pero clave para alcanzar una existencia armoniosa con el planeta.

Sitios recomendados:

Informe sobre la Brecha de Emisiones 2019 – reporte sobre el progreso de la acción climática:
https://www.unenvironment.org/interactive/emissions-gap-report/2019/report_es.php

Portal Breathe Life, para descubrir el estado del aire en cada ciudad y su impacto en la salud de sus habitantes, junto a consejos y acciones directas para ser parte del cambio:
https://breathelife2030.org/city_data/buenos-aires/

https://breathelife2030.org/es/

[Redacción: Pilar Leonardi, Voluntaria del Santuario El Paraíso de los Animales]