Los cerdos son animales inteligentes y sensibles. Los lechones de tan solo tres semanas de edad reconocen su nombre y responden cuando se les llama. También son afectuosos y sociables: Disfrutan de la compañía humana.

En su entorno natural, caminan hasta casi 50 kilómetros diarios y forjan vínculos muy estrechos entre ellos. Son capaces de distinguir hasta treinta cerdos distintos en su grupo, se saludan y se comunican con aquellos a los que sienten más próximos.

Las cerdas preñadas son muy cuidadosas. Pueden llegar a caminar 10 kilómetros en busca del lugar ideal para parir y, luego, dedicar hasta 10 horas a construir un nido antes de descansar y atender a sus recién nacidos.

Cuando las crías han crecido lo suficiente como para unirse al grupo, juegan y exploran juntas su entorno durante meses.


Sin embargo, la mayoría de cerdos (más de 100 millones) pasan toda su vida en confinamiento intensivo y no ven el cielo hasta que les cargan en camiones en dirección al matadero. Poco después de nacer, se suele castrar a los lechones y se les corta la cola sin anestesia.

Se ordena a los ganaderos que les corten las colas con alicates romos porque el aplastamiento ayuda a reducir la hemorragia. Se les tiene que cortar la cola porque, en situación de estrés extremo y cuando se les impide seguir ninguno de sus instintos naturales, los cerdos desarrollan conductas neuróticas y pueden llegar a arrancarse las colas unos a otros.
Esta reacción psicológica es uno de los síntomas de lo que en la industria se conoce como síndrome de estrés porcino, un trastorno que es extraordinariamente parecido a lo que en seres humanos llamamos trastorno por estrés postraumático.

Otros síntomas del síndrome son la rigidez, jadeos, ansiedad, piel irritada y, en ocasiones, muerte súbita.

Al igual que los seres humanos que han sufrido confinamiento en solitario y otras torturas en cautividad, los cerdos se autolesionan y repiten conductas estereotipadas durante todo el día, a veces miles de veces. Literalmente, se vuelven locos.

A los lechones que nacen en confinamiento solo se les permite mamar durante dos o tres semanas y lo hacen a través de las barras de una jaula que los separa de la madre.

Muchos mueren antes de que se les destete de enfermedades que van, desde la inanición a la diarrea.

A veces, si el lechón consigue introducirse en la jaula de la madre, para satisfacer su necesidad instintiva de cercanía y calor, la madre le aplasta accidentalmente.

Independientemente del motivo, las muertes de las crías son inevitables. Sencillamente, hay demasiados animales para que los trabajadores puedan

cuidar de ellos adecuadamente.

Una planta de cría porcina promedio emplea a unas quince personas para que se ocupen de tres mil cerdas.

Después del destete y durante seis meses, los cerdos jóvenes se hacinan en pocilgas, a menudo inmundas, de explotaciones porcinas de cría intensiva. Los edificios están saturados de gases pestilentes procedentes de los excrementos de los cerdos y el aire es denso debido al polvo y a los pelos en suspensión.

Tanto los propios cerdos como las personas que trabajan en edificios de confinamiento porcino sufren enfermedades respiratorias crónicas y muchos cerdos mueren prematuramente debido a enfermedades pulmonares.


Cuando los cerdos están listos para el matadero, se los carga en camiones.
Para ahorrar, se suben tantos cerdos como sea posible en el camión y el hacinamiento, así como el no recibir comida ni agua ni abrigo durante el trayecto, que puede durar más de veintiocho horas, provoca tasas de mortandad elevadas.


Se traslada a los cerdos que sobreviven al viaje a pocilgas de tránsito, hasta que los matan. Cuando llega el momento, se les empuja a lo largo de un pasillo estrecho, por el que avanzan en fila india hasta el punto de sacrificio.

Los animales al final del pasillo oyen los chillidos de los cerdos que han pasado delante y que ya han llegado a la fila del matadero, además de los gritos de los trabajadores de la ruidosa línea de producción.


Se supone que debe aturdirse y dejar inconscientes a los animales de cría antes de matarlos.
Sin embargo, hay cerdos que aún siguen conscientes cuando se les cuelga boca abajo con grilletes y dan patadas e intentan escapar mientras avanzan a lo largo de la cinta transportadora hasta la zona de degüello.

Debido a la velocidad a la que se supone que se debe aturdir y matar a los animales, y también porque los trabajadores suelen recibir una formación insuficiente, hay cerdos que sobreviven al degüello y que

siguen vivos cuando llegan a la siguiente estación, donde se les sumerge en agua hirviendo para eliminar el pelo.

Las cerdas que se usan para criar también acaban en el matadero, pero antes han pasado la mayor parte de sus vidas en diminutas jaulas de metal, llamadas jaulas de gestación.

Tienen unas dimensiones de poco más de medio metro de ancho, demasiado pequeñas para que las cerdas ni siquiera puedan darse la vuelta y el suelo está cubierto de heces y de orina.

Este confinamiento les provoca múltiples problemas, pero unas de las enfermedades más dolorosas que sufren son las infecciones del tracto urinario, que llegan a ser tan graves que pueden resultar fatales. Estas infecciones aparecen porque, cuando las cerdas se tienden en el suelo, quedan cubiertas de deshechos infectados de bacterias que entran en el tracto urinario.

Cada cerda es fertilizada a la fuerza en ciclos rápidos de cinco o seis meses, hasta que pierde la capacidad reproductiva, momento en que se la sube a un camión en dirección al matadero.

Vidas miserables desde su concepción hasta su muerte.
Cada uno de estos seres nacen y mueren cuando los humanos lo decidimos y en las condiciones que nos da la gana -o que más redituable nos es-.

Vidas destrozadas por parte de las perversas intenciones de los seres humanos.

Ellos son seres sintientes, merecen vivir. Por eso, luchemos para que no haya nunca más un animal en el plato de nadie.

[Redacción: Josefina  Real de Azua, Voluntaria del Santuario El Paraíso de los Animales]