Después de 50 años, Mara despierta hoy en libertad, por primera vez en su vida, comenzando una nueva etapa en la que tendrá 28 hectáreas disponibles para disfrutar a su ritmo, junto a sus tres nuevas compañeras: Lady, Rana y Maia.

El camino de Mara no fue fácil, ni corto, mucho menos natural. Nació en cautiverio en India en 1970, para pasar sus primeros 25 años siendo vendida entre circos que la trasladaron a Alemania, Uruguay y, finalmente, Argentina.

En nuestro país estuvo en manos del circo Rodas hasta 1995, cuando paso a ser un “decomiso judicial” después de la quiebra del mismo, y quedó asentada en el ex Zoo de Buenos Aires, para continuar siendo usada como entretenimiento humano por otros casi 25 años.

A Mara le quitaron una vida entera que lamentablemente no va a poder recuperar, como explicó Alejandra García, miembro de la Fundación Franz Weber ( http://www.ffw.ch/es/ ) en Argentina y coordinadora del Proyecto ELE (https://www.instagram.com/proyectoele/), para la Liberación de
Elefantes: “los elefantes desarrollan culturas y tienen enseñanzas que se van pasando de generación en generación, y Mara nunca tuvo eso”.

Detalló que los elefantes en libertad forman manadas dentro de clanes, que comparten rituales como la despedida de sus grandes matriarcas cuando mueren. “Madre e hija no se separan en toda su vida.

Mara quizás pudo ser una matriarca y le quitaron esa posibilidad”, agregó.
Gracias al trabajo incansable de los activistas que pidieron durante años el cierre del Zoológico de Buenos Aires para devolver a los animales a sus hábitats naturales, es que hoy Mara amaneció en el
Santuario de Elefantes de Brasil, fundado por Scott Blais en la ciudad de Chapadas Dos Guimarães.

Blais empezó a los 14 años a trabajar en un zoológico de Estados Unidos, buscando acercarse a su pasión: los elefantes. Un año más tarde lo había logrado, pero acorde pasaba el tiempo, se daba cuenta del abuso que suponía la vida en cautiverio de estos mamíferos, por lo que se propuso
cambiar el paradigma.

Con mucho trabajo e investigación, logró fundar casi 20 años más tarde el santuario más grande de América del Norte, en Tennessee, en el que, al principio, pensó que al menos podría dar una mejor  vida a cuatro elefantes. Pero el proyecto creció tanto que evolucionó en la iniciativa Santuario Global para Elefantes (https://globalelephants.org/rescuemara/), por la que hoy existe el primer y único en América del Sur, con capacidad para 30 individuos.

Scott viajó en febrero hacia la Argentina para conocer a Mara, observarla y conocer sus modos y gustos, de forma que pudiera personalizar la experiencia de viaje para que fuera lo menos estresante para ella.

En esa oportunidad, en una entrevista con Infobae, explicó que cada elefante tiene expresiones  faciales particulares, y el necesitaba entender las de Mara para no afectar lo que para ella era su normalidad.

El traslado duró 4 días en los que se recorrieron 2700 kilómetros, con paradas cada tres horas para chequear el estado y comodidad de Mara. Hasta la frontera con Brasil la acompañaron su veterinaria y su cuidador, que por prevención ante la pandemia del Covid-19, tuvieron que pasar la posta a
Scott y su equipo, que esperaban a la elefanta del otro lado de Migraciones.

Para que la logística funcionara tuvieron que ponerse de acuerdo el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, el Ministerio de Medioambiente de la Nación, la embajada brasileña, el Senasa y el organismo que cumple la misma función en el país vecino.

Ayer Mara descendió voluntariamente de la caja que la transportó por las rutas internas de Brasil y al instante fue rociada con agua como bienvenida. La elefanta aprovechó para jugar con ella y tirarse tierra con la trompa, para después caminar un poco por el terreno.

Anoche tuvo la oportunidad de descansar a gusto en una parte techada del predio, y su integración al resto de la manada se hace respetando sus tiempos. Se hace por etapas, observando las interacciones entre las elefantas, primero protegidas por barreras físicas pero que les permiten entrar
en contacto a través de sus trompas, oliéndose y viéndose.

“Ni bien se la vea segura y cómoda con el lugar se la dejará explorar y que vaya al espacio más  grande posible”, explicó en febrero Scott Blais sobre lo que serán las próximas horas de Mara en el Santuario.

Pero el trabajo en nuestro país no termina con Mara, acaba de empezar. La siguiente misión es trasladar a Pocha y Guillermina, madre e hija, ambas asiáticas, que residen en el Ecoparque de Mendoza, y para quienes el trabajo burocrático ya está iniciado.

Pendientes van a quedar para más adelante Tamy, un macho asiático y padre de Guillermina, y Kenya, una hembra africana.

Con el Ecoparque de Buenos Aires siguen las negociaciones por las dos elefantas africanas que siguen recluidas ahí: Kuki, de 37 años, y Pupi, de 35.

La única forma de hacer posibles estas liberaciones, es a través de la presión de activistas y ciudadanos exigiendo a los actores políticos que se hagan cargo de la responsabilidad que les cabe.

Los zoológicos nacieron hace más de 300 años con el objetivo exponer animales con fines educativos y de entretenimiento, en una época en la que internet no existía y los viajes intercontinentales se reservaban para unos pocos.

Hace unos cuantos decenios esta idea se volvió obsoleta, además de que desde su origen fue poco ética.
Ya hay sobrados estudios científicos que demostraron la ineficacia de la cautividad para la conservación de una especie, particularmente en los elefantes, que resultan con bajas tasas de natalidad y altas de mortalidad neonatal.

Es hora de avanzar en el cierre definitivo de estos espacios que promueven el especismo, volcando todos los esfuerzos y medios en Santuarios respetuosos de la vida animal, la que merece igual respeto y valoración que la humana.

[Foto: Tomás Cuesta.
Redacción: Pilar Leonardi, Voluntaria del Santuario El Paraíso de los Animales]