El simple y anónimo acto de cargar un maple de huevos al carrito del supermercado cuesta más que el precio de góndola, representa el trabajo esclavo y en condiciones indignas de millones de vidas que no pudieron elegir su destino desde el momento que llegaron al mundo.

Se calcula que en Argentina hay un promedio de 139 millones de aves explotadas por la industria, de las cuales el 27% pertenece a las denominadas popularmente como “gallinas ponedoras”. Esto es prácticamente una gallina por argentino, con una recolección en el último año de 993.9 millones de huevos.

A pesar de que en los últimos años empezaron a aparecer los “huevos de gallinas felices”, el 98% de los huevos del país son obtenidos a traves de la producción con jaula: cada individuo tiene un espacio menor a una hoja de papel A4 por el resto de su vida.

Esto conlleva a serios problemas de salud, así como a un profundo estrés y frustración, ya que cada gallina se ve impedida de desarrollar en absoluto siquiera alguno de sus instintos más básicos:

  • no pueden anidar
  • no pueden extender sus alas
  • no pisan nunca pasto o tierra, solo conocen la dolorosa sensación del metal de las jaulas.
  • no sienten la luz del sol, solo las luces fluorecentes con las que extienden o no las horas de “luz” que las gallinas reciben para maximizar la producción durante todo el año, sin descanso
  • no pueden escarbar el suelo en busca de insectos y alimentos

Dentro de los problemas de salud a nivel orgánico, padecen de debilidad ósea y osteoporosis, por la altísima demanda de calcio que les significa cada huevo producido, el cual en condiciones naturales de no ser fertilizado, se comerían para recuperar los nutrientes perdidos.

También sufren de infecciones como microplasmosis y salmonelosis, además de bronquitis infecciosa, la enfermedad de Newcastle, el síndrome de caída de puesta, la laringotraqueítis, la encefalomielitis y la viruela, entre otras.

Probablemente uno de los mayores tormentos a los que se somete a las gallinas “ponedoras” es el corte de sus picos para evitar que, a causa del estrés de la inmovilidad permanente, la falta de higiene y la aglomeración, sucedan peleas entre ellas. El procedimiento se realiza sin anestesia y a gran velocidad, y se repite a las 12 semanas de vida. Para colmo de males, los órganos sensoriales más importantes que poseen son los del gusto y olfato, ubicados en sus picos: es muy doloroso para una gallina tener una herida en su pico.

 

Las gallinas domésticas son capaces de llegar a conclusiones lógicas similares a las de niños de alrededor de 7 años.

Son capaces de recordar hasta tres minutos el trayecto de una pelota, capacidad similar de la mayoría de los primates.

Poseen una amplia conciencia espacial además de cierta capacidad multitarea: pueden buscar comida, percibir la presencia de criaturas en su entorno directo y, al mismo tiempo, controlan el cielo buscando si hay aves de presa peligrosas.

Están provistas hasta cierta medida de autocontrol: en ciertos estudios fueron capaces de cerrar el pico si esto implicaba que recibirían pienso de mejor calidad.

Tienen conciencia de su propio papel en la sociedad, con rangos establecidos dentro de su gallinero. Es decir, pueden reflexionar sobre su propia existencia.

La comunicación entre gallinas está compuesta de 24 sonidos y un gran repertorio de señales visuales.

Son capaces de captar intervalos temporales y sacar conclusiones sobre sucesos en el futuro. Aprenden, se observan y les influyen la conducta maternal.

Informe de la organización de protección de animales “Farm Sanctuary” de Estados Unidos.

 

Cuando la gallina está “agotada”, aproximadamente al año, se toma una de dos decisiones: o se la envía al matadero reemplazándola por otra o se la lleva a una muda forzada. Esto último consiste en un proceso de 4 meses en el cual se las priva de comida y agua en niveles extremos, dejándolas totalmente a oscuras hasta por 18 días. Las que sobreviven a este shock, son sometidas a un nuevo ciclo de producción de huevos.

Al finalizar su vida útil para la industria, aproximadamente a los 2 años, serán asesinadas para vender su carne, que esta en tal mal estado que se comercializa bajo la categoría de “segundo grado”, por lo cual se las destina a hamburguesas, salchichas y alimentos balanceados para animales de compañía.

Además del tormento que viven las gallinas ponedoras, hay otras víctimas del proceso: los polluelos macho, que no tienen utilidad para la industria, por lo que son sacrificados al nacer. En general se realiza moliendolos vivos o colocándolos en bolsas de basura donde agonizan sofocados. Y sí, esto también le sucede a los pollitos nacidos de gallinas criadas en libertad.

Aunque este tipo de explotación nació como la opción más “empática” y digna para la vida de las gallinas ponedoras, no deja de tener consecuencias para sus existencias. Pueden moverse y realizar la mayoría de sus comportamientos naturales, y, si son certificadas como pertenecientes a la producción orgánica, tienen acceso al exterior, fuera de los galpones que usualmente habitan. Además son alimentadas solamente con alimento de origen vegetal y no pueden recibir antibióticos, así como sus picos no pueden ser cortados.

Pero el final de sus vidas es el mismo que las enjauladas: cuando ya no producen huevos en la medida esperada, se amontonan en cajas pequeñas y se llevan a la planta faenadora.

Hace unos 8 mil años las gallinas vivían exclusivamente en los bosques del sureste asiático y, por supuesto, había muchos menos ejemplares. En nuestro país fueron introducidas recién hacia 1857 por los colonos suizos, en la Colonia San José de Entre Ríos, y a partir de allí se empezó a construir la industria del huevo como un complemento de la economía doméstica, hasta llegar a los niveles millonarios que representa actualmente.

Según la Cámara Argentina de Productores, en el 2019 se extrajeron 436 huevos por segundo y cada argentino, en promedio, consumió 284 unidades. De seguir la tendencia creciente que se observa en los últimos reportes anuales, esperan que el consumo per cápita alcance las 300 unidades este año. El consumo de huevo y pollo representa el 50% de la ingesta de proteínas del país.

La base de la alimentación de estos millones de animales, traídos forzosamente al mundo por los humanos para su consumo, son el maiz y la soja. Nuevamente aparece el agronegocio con sus monocultivos, responsables del mal uso de la tierra en el país, que conlleva a desmontes de bosques nativos e incendios cada vez más descontrolados y dañinos. El presidente de la Cámara Argentina de Productores Avícolas informó que desde el sector se consumen 6 millones de toneladas de maíz y 2,2 millones de toneladas de soja.

Si algo dejó claro este año es que la relación que establecimos con la naturaleza tiene que cambiar, para evitar la extinción del humano así como remediar y detener la extinción de la biodiversidad que provocamos.

Las granjas industriales de aves son la mismísima representación del modelo productivo que hay que abandonar, donde la aglomeración de animales en pésimo estado de salud termina provocando focos de generación de virus con los que los humanos entran en contacto.

“Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos calculan que más de la mitad de todas las infecciones que las personas pueden contraer tienen un origen animal. Algunos ejemplos son el virus del VIH, que saltó de los gorilas y los chimpancés, y la gripe A-H1N1, de origen porcino. Estos virus causan cada año 2.500 millones de casos de enfermedad y 2,7 millones de muertes, según la institución estadounidense”.¹

La Unión Europea realizó un estudio sobre el nivel de contaminación por salmonella en sistemas de producción que usan jaulas, comprobando que el riesgo de contaminación es por lo menos 20 veces más alto que los sistemas libres de jaulas.

 

 

El ideal del Paraíso Animal es que la explotación animal sea solo un mal recuerdo, y que existan gallinas verdaderamente felices, libres de vivir en plenitud.

 

 

Recomendamos:

– La plataforma “Cage Free” (versión en inglés y español), donde hay reportes anuales sobre la situación de América Latina respecto de la explotación de gallinas por sus huevos.

– La página de la organización internacional Sinergia Animal, grandes impulsores de un mundo sin jaulas para la explotación animal.

 

 

 

[Redacción: Pilar Leonardi, Voluntaria del Santuario El Paraíso de los Animales]