Se acercan esos aires de celebración junto a seres queridos.

La decoración que roba tiempo y la elección del menú para agasajar a los invitados, no es cosa menor tampoco.

Detrás de esos platos navideños meticulosamente pensados, se esconden cifras inconcebibles y fatales. Según la Cámara de la Industria y el Comercio de Carnes y Derivados de la Argentina, se consume 116 kilos de carne por habitante por año, de los cuales 50 kilos son carne vacuna, entre 49 y 50 de pollo y 16 de cerdo.

Lo que hace un total de 300 millones de bóvidos, 50 mil millones de pollos y mil quinientos millones de cerdos faenados en un solo año.

Pero el consumo de cerdo, en esta época del año, aumenta. Por ende, también su precio y su producción.

Para que los lechones sean parte de la mesa de Navidad y de Año Nuevo, antes se tuvieron que haber inducido al celo una cantidad infinita de cerdas, haberlas inseminado artificialmente y obligado a una gestación de entre 110 y 120 días en una jaula de apenas 60cms de ancho donde pasan la mayor parte del tiempo acostadas, casi inmovilizadas.

Pero no solo el confinamiento es parte de lo que esconde la industria cárnica.

A los 21 días de parir, se les quita sus bebés para encerrarlos en lo que llaman la “etapa de engorde”.

Allí les arrancan los colmillos y los rabos; y pasan sus primeros y últimos 136 días de vida forzados a llegar al peso “ideal” para luego, nada más y nada menos, ser faenados.

Esta es una realidad que cuesta concebir… ¡y padecerla mucho más!

Estas prácticas no solo se realizan con cerdos: infinidad de pollos y pavos también se crían y maltratan para favorecer la comercialización en vísperas de las fiestas.

Nuestro país cuenta con 71 establecimientos habilitados por Senasa para la faena de cerdos, de los cuales la mayoría posee también habilitación para la elaboración de fiambres y chacinados, y con 42 para la faena de lechones menores a 22 Kg.

El Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) es un organismo sanitario del estado argentino que fiscaliza y certifica la calidad y sanidad de vegetales, animales y sus productos derivados considerando al “bienestar animal” como uno de sus pilares.

 

Pero esos estándares de “bienestar” no impiden la muerte de los animales ni evitan su sufrimiento físico y emocional.

O ¿Acaso el destete a la fuerza, la mutilación de genitales, el encierro de cerdas en jaulas minúsculas, golpear con una tubería metálica a un lechón enfermo en vez de atenderlo, no aplica al concepto de “bienestar”?

 

Las afecciones respiratorias, la caudofagia, el canibalismo, las afecciones oculares entre otras, son signos de una realidad no considerada como “bienestar animal”.

Está claro que lo que impera es obtener la mayor rentabilidad del “producto” y evidenciar mensajes publicitarios absurdos con cerdos correteando y hocicando felices al aire libre para hacerle creer al consumidor que los animales están protegidos por normativas de bienestar animal.

Las prácticas de las granjas no nos parecen maltrato animal porque se ejercen sobre cerdos, gallinas, cabras y sobre animales con los que no llegamos a estar en contacto. Pero ¿Cómo calificarían a dichas granjas si los protagonistas fueran perros?

Si esas prácticas se llevaran a cabo sobre mascotas, como la legislación no lo permite, lo consideraríamos una barbarie y un maltrato animal inaceptable.

Solemos acatar y normalizar temas que están legislados por el simple hecho de que ‘se permiten’.

No se trata de recapacitar si comemos “seguro” o no. Se trata de no ser cómplices de la explotación cárnica ni de la violencia institucional y sistemática que padecen los animales en granjas y mataderos. Sin mencionar la de esos establecimientos que no están habilitados oficialmente, pero sabemos que existen.

Lo que quizás deba sacudir nuestras conciencias es la sintiencia que compartimos con los animales y la igualdad de derechos que merecen.

Debemos sepultar la idea de que los animales son objetos.

Son seres que sufren, sienten miedo, perciben amenazas, juegan, recuerdan y crean lazos afectivos como nosotros.

Reflexionemos sobre las “carnes navideñas”.

La explotación y maltrato no son una excepción en el sistema, sino la regla en una doctrina de producción en la que los animales son mera mercancía.

Detengámonos a observar esos trozos de cadáveres que nos presentan pulcramente empaquetados en las góndolas frías.

Observemos esos cuerpos colgando o las cabezas decorando los mostradores de las carnicerías.

Que nuestra complicidad no ampare asesinatos innecesarios.
Que la vida animal deje de ser uno de los principales “productos” de la canasta alimentaria.

Es hora de abrir los ojos y de cuestionarnos… ¿son realmente Felices Fiestas?

 

 

Con información de:

 

 

 

[Redacción: Laura Echevarrieta, Voluntaria del Santuario El Paraíso de los Animales]